11 mar. 2014

El eco de diez años

Llegué a clase unos diez minutos antes de que empezara y en el aula sólo encontré a dos compañeras en silencio y con el rostro sombrío, sentadas sobre los pupitres. Pregunté qué había pasado.

—Ha estallado una bomba en Atocha. Dicen que ha sido ETA.

No sabía nada, ese día, el coche en el que iba al instituto tenía la radio apagada. Aún no eran las ocho.

Un compañero llegó un poco más tarde, con otro grupo. Le contamos lo sucedido y lo que sabíamos hasta ahora. Dijo una cosa muy interesante, una verdad que muchos empezábamos a sospechar.

—¿Más de 100 muertos? Eso no ha sido ETA. ETA no mata a tanta gente.

Empezamos a saber más cosas. No sólo había sido Atocha, había sido un ataque coordinado, varias mochilas explosivas. Todas en la ruta que iba desde Coslada, donde yo vivía, a Madrid.

Las clases se fueron sucediendo, los profesores fueron desfilando frente a la pizarra uno tras otro, pero todos teníamos la atención en otra parte, embriagados por un sentimiento solemne y tétrico.
Después vino el minuto de silencio en el patio. Luego el mural, con las firmas. Una chica con la que por aquel entonces estaba tonteando me dio un golpecito en el hombro. Me volví y me devolvió una sonrisa tímida, triste. Ese día vi muchas sonrisas tristes.

Intenté llamar a un amigo que solía hacer esa maldita ruta. No cogía el teléfono. Me asusté, contagiado del aire pesaroso que flotaba. Lloré. Más tarde recibí una llamada suya: no había ocurrido nada y pude soltar el aire, aliviado.

Horas después, cuando volví a casa, todo seguía siendo confuso. Mi abuela estaba triste; mi perro era el único que me recibió con alegría. Mis padres, casados cinco días antes, estaban de luna de miel en la República Dominicana. Llamaron a casa, estaban tristes y me contaron que, junto con otros españoles allí presentes, estaban pegados a la tele. Las personas del gobierno decían que era ETA, pero aquello no olía a ETA. Todos sabíamos a lo que olía y, aunque no tuviéramos datos veraces, el recuerdo de dos enormes torres cayendo volvía a menudo.

No recuerdo ningún momento concreto más de aquel día. Sólo un borrón de minutos de silencio, actos oficiales, telediarios con presentadores de semblante más serio de lo normal, movilizaciones y marchas públicas. Al día siguiente, muchos cuestionaban en voz alta la autoría de ETA. Después hubo elecciones, el gobierno cambió, hubo tensión en el panorama político. Las víctimas parecieron quedar en un segundo plano, las informaciones cambiaron de foco.

Después vino lo de Leganés. La retirada de tropas de Iraq. Guerras de noticias y columnas de opinión. En otros lugares, posiblemente, esta guerra informativa robó la atención durante mucho tiempo. En Coslada, no. En Coslada perdimos a 21 personas. No conocía a ninguna en persona, pero no fui impermeable al dolor y las historias de aquellas 21 vidas rotas resuenan todavía en mi barrio y en todos los barrios que quedaron mutilados por aquellas bombas.

Hoy habrá funerales de Estado, especiales en televisión, reconstrucciones minuto a minuto, reportajes sobre lo que ocurrió después. Y, ahogado entre todo el ruido, el vacío de 21 vidas seguirá ahí.


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...y ya veremos qué ocurre después.