28 oct. 2009

Falcones busca su estilo

La Mano de Fátima - Ildefonso Falcones

Antes de ser un autor de best-seller de rápido ascenso al estrellato perteneciente a la interminable remesa a rebufo de El Código Da Vinci de Dan Brown, Ildefonso Falcones era abogado. Teniendo esto en cuenta y que es un novato en el mundo editorial, no debería sorprender que el autor no variara mucho la fórmula de su éxito.

Su primer libro, La Catedral del Mar, enmarcado en el siglo XIV, alternaba el relato de la vida de su personaje principal con la construcción de una catedral. La Mano de Fátima se basa en las mismas claves que hicieron triunfar a su predecesor: fidelidad y buena ambientación histórica y una narración ágil trufada de descripciones; además de algún ingrediente original como es una recurrente historia de amor que rompe las barreras de los prejuicios y la cultura.

Sus críticos dicen que Falcones ha cambiado la catedral cristiana por las mezquitas árabes, pero lo cierto es que, basándose en una fórmula de éxito similar, ha creado una historia que tiene bastantes diferencias con la Catedral del Mar (mensaje para Dan Brown: se puede hacer lo mismo pero con diferencias).

No obstante, a lo largo del libro podemos notar que a Falcones le faltan cosas por pulir, como por ejemplo la definición de su estilo. Normalmente los autores de éxito actuales optan por un lenguaje ágil y sobrio, frente al abigarramiento preciosista de antaño. Esto es una norma general que no siempre se sigue y, por supuesto, hay escritores que deciden cuidar más la forma. Con lo cual, hay tres opciones: o un lenguaje sobrio, o un lenguaje preciosista o una mezcla propia del autor que sea su firma personal, algo muy difícil de conseguir y que da la sensación de que era lo que La Mano de Fátima ha intentado.

El problema es que hay partes en la novela de Falcones que dan la sensación al lector de que el autor no sabía qué estilo ha querido darle. Y hacer la mezcla perfecta y personal de cada uno es difícil; confiemos en que en la tercera novela se acerque más al toque perfecto, ya que La Mano de Fátima no es tanto una amalgama de estilos como un revoltijo.

Aun así, es una buena novela para pasar el rato, leer en la tumbona... perdón, en el sofá con la calefacción puesta y entretenerse. Recomendada si al lector le gusta leer por simple y pura diversión y se quiere alejar un poco del patrón a la Brown que domina el panorama desde 2004 aproximadamente y que ahora está en franco declive.



Publicado en Lasemana.es

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