16 ene. 2008

Dos afilados colmillos

Hace tiempo escribí un pequeño relato para el periódico de mi universidad, un engendro que leen cuatro gatos y con cuya dirección estoy, utilizando un eufemismo, en desacuerdo. Pero reconozco que trabajé en algunos números durante unos meses hasta que la selección de temas me cabreó demasiado y me hicieron un desplante considerable. Eso ya lo contaré otro día.

El caso es que he reciclado recientemente el relato para otra publicación, ficticia, ya que es un trabajo de una asignatura llamada Producción Periodística, cuyas perspectivas de examen me provocan diarrea aguda.

Aprovechando que he recuperado el relato, lo publico también aquí. Está escrito hace un par de años, así que podéis achacar el posible abigarramiento y, quizás, gusto empalagoso romántico a una etapa anterior de mi constante madurez estilística. Bueno, y, qué coño, a que me gusta la literatura romántica y de terror. Al ser para una publicación periódica, tiene una entradilla periodística, que he diferenciado sin poner en cursiva. Aquí lo tenéis.



En los albores de la prensa americana, los diarios de aquel entonces (la penny press) incluían entre sus noticias y reportajes relatos, cuentos y novelas, recogidas a lo largo de varios números (así nació Huckleberry Finn). El periodismo y la literatura han hecho manitas muchas veces (más de lo que se cree) a lo largo de la Historia: muchas noticias acerca de crímenes se redactaron en clave novelesca, los reportajes se narraban como los cuentos…

A veces el Periodismo se dejaba engatusar por la Literatura, y bailaban muy agarrados, igual que ahora: los manuales de redacción y los profesionales han definido como "nuevo periodismo" ese estilo incipiente, más libre a la hora de emplear recursos literarios. Y en otras ocasiones han terminado acostándose, mezclándose sus diferentes cuerpos y dando como resultado buenos momentos que serán leídos durante generaciones, como es el caso de A sangre fría. Pero basta de introducciones. Inauguremos la sección literaria con el relato de una muerte cuanto menos inquietante...

Londres, 20 de Abril de 1912.
Florence estaba sentada en un taburete junto a la cama mirando a su marido. Abraham, que así se llamaba –aunque todos le conocían como Bram-, yacía pálido y sudoroso esperando a que su vida se apagara. La enfermedad que había padecido durante los últimos seis años se había adueñado de su cuerpo y le había mantenido dos meses sin poder salir de la cama.

La señora Stoker miró con tristeza a Abraham, una mirada que él ignoraba. Todo el tiempo que llevaba atrapado en la cama había estado mirando al mismo oscuro rincón del dormitorio, apenas iluminado por una lamparita de gas. No tenía la mirada perdida en aquella esquina, sino fija ahí, mirando algo que nadie más podía ver, torcida su cara en una constante mueca de terror, como muchos de los personajes que describía en sus novelas. Precisamente por esto creía Florence que la situación no estaba carente de cierta ironía. Ahora, al borde de su muerte, era la viva imagen del ser inmortal que creó hace unos años para su mejor novela: pálido, con los ojos enrojecidos y con una infección en las encías que hacía que sus colmillos parecieran largos y afilados.

Durante las noches, Florence oía a su marido gritar desde su cuarto -dormían en habitaciones separadas- y cuando iba a ver qué ocurría, lo encontraba agitándose en la cama, susurrando idiomas desconocidos, mirando hacia el mismo rincón maldito. Después parecía tranquilizarse, pero casi nunca se dormía. Y si lo hacía, tenía horribles pesadillas. Por eso, al igual que su más célebre personaje, Bram dormía sólo durante el día. Esa misma tarde de abril murió. La noche que siguió al entierro Florence volvió a oír a Bram y se dirigió a su antigua habitación. A medida que se acercaba el familiar timbre de su difunto esposo iba cambiando.

Se descomponía en distintas voces, graves y agudas, unas chillaban, otras murmuraban tranquilas. Agarró el pomo de la puerta, tomó aliento y abrió de repente. Entonces todo se inundó de silencio. En la habitación las ventanas estaban abiertas y la corriente se colaba susurrante.

Lentamente fue hacia las ventanas y las cerró. Y fue al darse la vuelta cuando un relámpago iluminó la figura que se había situado tras ella, en la misma esquina tenebrosa con la que se obsesionó Bram antes de morir. Florence quería gritar pero el horror le había arrebatado la voz. Miraba aterrorizada al hombre que ahora estaba delante de ella. Era pálido como una lápida, de cabellos largos y blancos.

Los rasgos de su alargada cara eran angulosos, afilados. Iba vestido con un elegante traje y sujetaba un sombrero de copa entre las manos. La miró con sus ojos rojizos. Era la imagen erguida de su yaciente marido antes demorir. Pero Florence sabía que no era Bram. Sabía perfectamente quien era. Finalmente el intruso habló, y su voz sonó helada como la muerte. "Señora Stoker, creo que debo de explicarle unas cuantas cosas acerca de las obras de su esposo. Sobran las presentaciones, ya sabe quien soy. Aunque si prefiere hablar directamente con Bram... yo podría avisarle." El huésped no pudo evitar una sonrisa maligna que dejó al descubierto, para horror de Florence, dos afilados colmillos.



Hasta el próximo post, amigos.

Un saludo,

-Scaramouche-

2 comentarios:

  1. ¡Guau, muy chulo, en serio!

    Sería una ironía literaria con muy buena base. Siempre me ha encantado esa época y esos personajes. Florence Stoker fue un personaje peculiar. ¿Sabías que fue la primera novia de Oscar Wilde? Y luego la emprendió, años después, con Murnau por los derechos de Drácula. Lo que digo, todo un carácter.

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  2. Vaya, vaya, no tenía ni idea. Si hubiese habido un "Aquí hay tomate" en la época... bueno, tampoco creo que hubiesen dicho nada, nunca se fijan en el mundo de la cultura. ¡Pero gracias por el curioso dato!

    Realmente, Bram Stoker no tuvo un final muy diferente del que se relata aquí. De hecho, me inspiré en la historia real de la muerte del autor para escribir este pasaje. Puedes verlo aquí:

    http://es.wikipedia.org/wiki/Bram_Stoker

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...y ya veremos qué ocurre después.