16 mar. 2007

Memorias del Caribe (3ª Parte)

Yo lo que quería hacer era intercalar las entradas de Memorias del Caribe con alguna otra cosa relacionada con algo de lo que se supone que trata el blog. Pero no ha ocurrido nada susceptible de mucho interés esta semana (quizás salvo los premios Lara. A lo mejor hablo de esto en otro momenton), así que continúo con las memorias. Aquí tenéis el siguiente capítulo titulado...

PEQUEÑA Y ALCOHÓLICA EXCURSIÓN A ISLA SAONA: ¡DUELO DE BAILES!

El día en que fuimos a Isla Saona, previo pago de ciento nosecuantos dólares americanos, nos levantamos con el cantar de los primeros gallos que habitaban en el recinto del hotel. Bueno, en realidad no oímos ninguno de los gallos, aunque sí que había en el hotel, pero quedaba bonito decir de esta manera que nos levantamos a eso de las siete menos algo de la mañana. Raudos y veloces cuales babosas nos equipamos con lo necesario para una excursión cualquiera en una playa semivirgen y nos encaminamos hacia el edificio de la recepción del hotel (a cinco minutos andando desde nuestra “casita”) para coger el autocar que nos llevaría hasta el embarcadero, último paso antes de pisar arenas blancas, sumergirnos en aguas cristalinas y emborracharnos de gratuita Vitamina R.

Velocidad de Crucero: “¡Esto no es Speed, mamón!”

El embarcadero en cuestión estaba, como dicen los expertos cartógrafos, a tomar por culo del hotel. Tardamos como 50 minutos (si alguien del viaje recuerda si fue más tiempo en realidad, no dude en corregirme, ya que yo no lo recuerdo muy bien) en recorrer el trayecto, pero a una velocidad normal y corriente y sin atasco hubiéramos tardado el doble. Lo que pasa es que el chófer se creía que estaba pilotando el R-25 o una nave del Wipe-out o del F-Zero, y lo que veíamos por la ventanilla era una acuarela mojada y borrosa de casas, carne al sol, gente haciendo lo que fuese muy lentamente y vehículos destartalados, además de pobreza por doquier.

Y junto al chófer, teníamos a Camilo, un señor que comentaba lo poco que había que ver a los lados del autocar en un curioso lenguaje que era la amalgama de un acento dominicano disimulado de mala manera y un acento “a lo Fitis” (Ángel dixit), alterando el género y el número de las palabras como le salía de las narices. No pude grabar a Camilo hablando, aunque me hubiera gustado, la verdad. Pero mi compañero Ángel decidió regalarnos una imitación que sí capté con mi Canon (añado, además, que Ángel es casi la deidad de las imitaciones, como probó en determinadas ocasiones a lo largo del viaje). Aquí tenéis el momento.

Es posible que si no sabéis de qué va la vaina no le encontréis la gracia a esto, pero bueno, aquí tenéis a este máquina.



Además a Camilo se le atribuye también un gran comentario que hizo cuando pasamos junto a un montón de piezas de carne al sol colgando de los porches de algunas casas. Una frase que quedará escrita a fuego en todos los manuales para la carrera de turismo:

-“Esta es la famosa carne conservada al sol. Ustedes quizás puedan pensar que la carne conservada de esta manera no es muy higiénica y tiene un montón de enfermedades. Efectivamente, tiene enfermedades, por eso los turistas europeos enferman, pero nosotros que vivimos aquí ya estamos acostumbrados, pues no enfermamos. Al fin y al cabo, lo que no mata engorda.”

Sí, señor, sinceridad ante todo.

Las lanchas rápidas: “Better run through the jungle...”

Finalmente llegamos al embarcadero donde nos esperaba una lancha rápida con capacidad para unas 30 personas. Subimos con cierta dificultad por la superficie resbaladiza y nos acomodamos como pudimos. Fuimos haciendo carreritas con una lancha que llevaba a otro grupo durante todo el viaje. Pasamos cerca de un lugar donde se rodaron escenas de Apocalipsys Now, y en ese momento, por la circunstancia de ir a toda mecha en una lancha que parecía de desembarco, yo me sentía como un miembro del equipo Charlie internándose en uno de los puntos calientes de Vietnam. Será que yo soy muy belicoso. También capturé con mi cámara unos cuantos segundos del trayecto.

"Si llegamos a esta velocidad en treinta minutos es porque está a tomar por culo" - Angel, again.



Minutos después, nuestros pies descalzos se sumergían en un palmo de agua transparente del caribe. Habíamos llegado a Isla Saona enteros. Era como llegar a Benidorm, pero en vez de un ejército de gente viejuna había un inacabable continuo de palmeras y frondosidad a lo largo de la playa. Me volví para echar un vistazo de nuevo al agua.



¡Duelo de Bailes!

Tras media hora (de mierda) en Isla Saona, nos metimos de nuevo en nuestras lanchas “de desembarco” y pusimos rumbo a las piscinas naturales: una zona en mitad del mar donde el agua te llega al pecho, donde cantamos y bebimos cuales bucaneros, además de proferir algún insulto contra algún profesor, como es siempre buena costumbre. De ahí fuimos a otra isla y nos instalaríamos en otra playa idílica donde comeríamos y estaríamos unas tres horas. Y es allí donde sucedió lo siguiente.

Un pequeño escenario (por llamarlo de alguna manera) estaba preparado en la playa para bailar Bachatta y lo que nos echara la cadena de música. Lo que sonaba era una combinación de la música autóctona y grandes éxitos de todos los tiempos. Y de repente suenan las notas de un bajo que reconozco a la perfección: Don’t Stop Till Get Enough. Paso a relatar tranquilamente lo que ocurrió.

Veréis, yo soy más o menos como Bruce Banner, que cuando se enfada se convierte en Hulk. Pues yo, es escuchar a Michael Jackson y lanzarme a la pista emocionadísimo (esto ya lo saben mis compañeros). Casi involuntariamente se me habían empezado a mover los pies y los hombros, comenzando un amago de “baile-continuo-jacko”... que se vio súbitamente interrumpido cuando cambian la canción sin previo aviso... ¿Por qué? ¡Me dejó a medias! ¡JACKSON INTERRUPTUS! Hay que decir que yo en macramé y futbol soy un auténtico patán, tocando la guitarra me defiendo, que esto de escribir en un blog lo manejo a medias... y que a la hora de bailar soy casi un Dios. Uno de los animadores que estaban allí consiguió ver un atisbo de mi exhibición, apenas cinco segundos. Suficiente para que llamara a un colega suyo, pusiera Billie Jean en la cadena... y nos empezáramos a dar de hostias el colega y yo a lo West Side Story, pero con el Rey del Pop como banda sonora.

Comienzo sencillito: un par de pasos de baile robot y movimiento de talones lateral, todo muy peliculero. El animador hace unos movimientos rápidos con los pies y una floritura sencilla con la mano. La has cagado, amigo: baile robot con giro de 180º, filigrana con la pierna a lo Smooth Criminal y me toco el sombrero a la vez que estiro una de las piernas hacia un lado. Contesta valientemente el jambo con un baile robot sencillo seguido de un aspaviento típico con la mano rollo Smooth Criminal y me pongo yo a la par haciendo otro baile robot completo, terminado en un salto para ponerme de puntillas, le miro, levanto la cabeza con rapidez y hago un gesto con las manos a lo “no me importa, mamón”; media vuelta y me sacudo el polvo del hombro. Buen intento, chaval.

Mientras sucedía todo esto en el interior de un corrillo hecho por mis compañeros en el escenario, fui el objetivo de todo tipo de manoseo y tocada de trasero por parte de mis compañeras... y nunca fui tan feliz. Desde ese momento, cada vez que íbamos a bailar caía una petición de baile Jackson-robot. Para complacer a la audiencia, llegué a bailar el jueves siguiente, ya en Madrid, Sevilla tiene un color especial a lo Michael Jackson. Y eso, amigos, tiene mérito.

El Catamarán: “Ho-ho-ho, and a bottle of rum”

Volviendo a Punta Cana. Mi duelo de bailes había acabado y encontrábame ligeramente aturdido por efecto del ron, cuando mis pupilas se posaron en una chica con la que estaba hablando Luismi. De lejos y ligeramente ebrio pude avistar los ojos más bonitos que había visto en mi vida. Y, fijaos, que tonto soy, que yo me enamoro de la gente por los ojos. Obviamente no me enamoré, pero me sentí atraído. Y, como suele pasar, los flechazos acaban en algo infructuoso... ya me comentaban mis compañeras que parecía una mala mujer, pero yo, obcecado e hipnotizado, no quise hacerlas caso. Tenían razón, y en entradas posteriores comentaré por qué.

La vuelta en Catamarán fue un intento de ligue continuo por mi parte, y no salió nada mal, ya que quedamos por la noche en un antro llamado Mangú, una discoteca donde el la planta de abajo ponen música caribeña para que los negros restrieguen el rabo a las tías, y arriba ponen un dj medio decente. Y mientras intentaba hacérmela (a la chica), iba y venía continuamente con vasitos de vitamina r. Perdí la cuenta de cuantos bebí, pero sólo os digo que faltó el canto de un duro para que me cayera por la borda de pura ebriedad. Y luego van y me dicen que me baje del Catamarán, que hemos llegado de nuevo a la República Dominicana. Mamones, pero mirad como estoy, bajadme vosotros. Así hicieron, más o menos. Y de ahí al autobús y otro trayecto a toda velocidad de nuestro chófer hasta el hotel, donde dormimos apaciblemente hasta la noche, momento en que volvimos a salir de nuestra Ciudad Perdida.

Y esto es todo, más o menos, lo digno de contar de aquel día. En el próximo número, “Mamajuana: licor afrodisíaco con sabor a líquido de frenos”.

Un saludo,

-Scaramouche-

3 comentarios:

  1. ¡Pero vaya viaje os habéis metido, muyayos!

    Los vídeos, geniales, y la playa... hermosísima, ¿no?

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  2. Anónimo17/3/07 1:31

    Soy Adrián,
    .....
    ZAS! en toda la boca, en la del monitor aquel jajajaja

    muy bueno lo del baile, para haberlo visto en vivo, tuvo que ser un verdadero show

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  3. Lucinda: La playa era paradisíaca, pero estuvimos después en una que era casi mejor, el día de la excursión de los jeeps (que ya relataré otro día).

    Adrián: Fue un show. Si alguna vez puedo obtener una copia en baja resolución del vídeo, no lo dudes: lo colgaré aquí.

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...y ya veremos qué ocurre después.